La primera vez que te abracé, no pude evitar imaginarme besando tus labios húmedos. Te besé.
La primera vez que te besé, no pude evitar imaginarme acariciando tu cuerpo. Hicimos el amor.
Una tormenta se avecina, los truenos no esperan, el corazón me duele. Lloro así al ver tu mensaje, al escuchar tu voz o ver tu rostro enajenado. ¿Acaso no me amas o es el vicio del drama? Cada que charlamos fríamente no puedo evitar recordar los buenos momentos que se caen débilmente como las hojas en otoño, pues el frío apaga el calor, el fuego, la llama del amor... Cariño, me tienes de cabeza, a veces con frío, a veces con calor...
Eres como un cubito de hielo que se derrite por el calor de su corazón.
Eres la perfecta combinación entre la indiferencia y la comprensión. Entre el odio y el amor. Sin embargo, sin vanagloria, tú, a mi lado, eres perfecto; tan perfecto que tus defectos son ideales para mí, pues me complementas. Sólo conmigo sale a la luz ese amor, el amor de verano, de invierno, de noche, de día, el amor de tiempo completo.
Y escribo esto porque has cambiado y he visto una nueva luz en tu rostro, un nuevo ser dentro del mismo de siempre.
La primera vez que te vi, no pude evitar llorar al no ver ni una sonrisa dibujada en tu semblante. Sonreíste. E irremediablemente iluminaste mi vida.
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