miércoles, 9 de abril de 2014

Árbol.

Dos sujetos se miran fijamente a los ojos, uno desafiante y el otro sumiso. La mirada provocadora de un uno incita al otro. Se acercan como por una atracción magnética, es innegable como la física y la metafísica actúan en ellos. Sienten el calor de sus cuerpos entre más se aproximan, y por dentro cada uno siente un fuego que arde como el sol, como las brasas enardecidas por el contacto con el carbón. Están a unos escasos centímetros de distancia, pueden sentir como respira el otro, y lo que exhala uno,  lo inhala el segundo. Todo empieza a ser más sofocante, la desesperación se ve en los ojos de ambos, la desesperación por un beso.

Lentamente, frente a frente, uno se moja los labios mientras que el otro se los muerde, ambos elevan levemente el rostro y su piel empiezan a erizarse, sus alientos se fusionan y pueden sentir como la sustancia del otro se hace una con la suya, sí, la dulce mezcla del placer. El momento se hace eterno, el beso de prolonga y ambos empiezan a mover sus labios con más intensidad, como si fuese el primer y último beso, como si sus existencias fuesen a acabar en ese instante y se estuviesen despidiendo.

Uno levanta su mano y la coloca en la mejilla del otro acariciándola con extrema delicadeza, como a una pieza de porcelana sumamente frágil, el segundo también levanta su mano y jala suavemente el cabello del primero despertando un deseo más profundo.

Sus pechos chocan, sintiendo así el latir del otro. Se abrazan con fuerza y sus cabezas empiezan a moverse con más rapidez. Los suspiros son breves y la respiración se acorta demasiado, es la sofocación que cualquier amante estaría dispuesto a vivir una y otra vez hasta el final de su vida.

Se escucha un pequeño gemido, no se puede distinguir quien de los dos lo emitió, pero sea quien fuere, ambos sienten el mismo calor en sus cuerpos, el mismo amor, la misma sensación que se esparce por todo su ser, como si el amor transitara por un canal que recorre todo el organismo.

Así un beso es un como un árbol, cuya raíces absorben el agua que pasa por todo el tronco, todas las ramas y todas las hojas. Así como el viento mueven las copas de los árboles, así el aliento de un amante eriza la piel del otro. El amor es todo y más allá de lo que nuestros ojos ven y nuestros sentidos perciben, y un árbol que crece y florece con el cuidado y el tiempos se asemeja al amor, cuyos amantes se encargan de nutrirlo a cambio de esa dichosa sensación que trasciende de lo físico, esa sensación que se distribuye por todo el cuerpo haciéndote sentir uno con el otro.

...

El árbol de dos amantes, es el amor que ellos nutren, unos rinden frutos y otros se secan con el tiempo y así las sensaciones se pierden haciéndose monótonas y simples, sin magia, sin locura. Y desde hace más de un año, se sembró en las montañas más lejanas y pulcras la semilla de un árbol que germinó con rapidez y que ahora crece con dificultad, pues le falta agua que la recorra toda nutriéndola. La montaña tiene una crisis, todo escasea y sólo queda la esperanza de que dos amantes dancen ahí recordando su promesa de amor, haciendo así que el agua vuelva a nacer y florezca el árbol reviviendo y sanando con el extracto de su corteza las heridas de los corazones desventurados.

Un beso, un abrazo, una mirada y una caricia son las flores de un árbol, cuya historia y momentos son el tronco y las ramas, y la atracción como la primera chispa y el amor como base son las raíces del árbol violeta de aquellas montañas abandonadas más no olvidadas.

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