La despedida, 1958
Remedios Varo
Óleo sobre lienzo
34x24 cm
Seguí navegando, rehusándome a exponer un cuadro de Salvador Dalí y justo cuando me rendí y seleccione "Sueño causado por el vuelo de una abeja", apareció Remedios Varo e irremediablemente me acordé de él, cuando me platicaba bien viajado sobre ella, el surrealismo, Dalí y el Manifiesto Surrealista. ¡Qué días aquellos cuando sólo él hablaba! Porque cabe mencionar que soy muy torpe con las palabras y al comienzo soy muy tímida. Además siendo inexperta en el tema, sólo me quedaba escucharlo y era un placer. Buscando pinturas de esta mujer, me topé con "La Despedida", llegó a mí como un rayo, me impactó mucho, no tanto para llorar o arquear las cejas, pero sí para escribir una nota sobre ella.
He pasado días difíciles partiendo que me he quedado dormida y me es difícil controlar eso, la obra no ayuda mucho a olvidar mi tristeza, pero sí a sublimarla. Se ve muy simple, dos sujetos, de espaldas, partiendo hacia distintas salidas y sus sombras encontradas cara a cara. Un gato asoma su cabeza por un pasillo y mira fijamente al espectador. Remedios empleó en su paleta una gama de colores cálidos y un esquema compositivo simétrico en gran parte.
Un hombre y una mujer se han separado, toman caminos distintos, pero paradójicamente siguen unidos y el gato con esa mirada tan penetrante parece confirmar el misterio que existe en este cuadro: ¿realmente es una despedida? La dos salidas van hacia la misma dirección, llenas de luz y tanto el hombre como la mujer empiezan con el pie derecho, símbolo de un buen comienzo. Aquel lugar de donde están saliendo puede interpretarse como una relación oscura, hostil, con poca iluminación y el color como el de las brasas consumiéndose. Las sombras han quedado ahí, frente a frente, siendo el silencio el último diálogo y la persistencia la única promesa. Sin embargo, ambos salen hacia la misma dirección, ¿será que van hacia un lugar mejor? La luz parece prometedora, como la alegoría de la caverna de Platón.
Y sin querer, ya he hecho mi tarea, en fin: ¿qué es una despedida sino un hasta pronto? Nunca dije que en esta vida, quizá así sea, quizá no, prefiero no pensarlo para no atarme a ello. De todos mis días tristes y molestos, a este le tocó ser romántico pero realista. La realidad es triste pero acogedora; me hace llorar con sus desventuras y me arrulla con sus lecciones. Ahora que lo pienso, podría llenar varias cuartillas sobre esto, pero es mi secreto público; ¿y qué si todos me ven tristemente feliz? Aunque diga algo y oídos me hagan caso, sólo Dios y yo podemos entender mi dolor. Ya van varias tareas en las que tengo que abrirme de este modo, pero prefiero reprobar u obtener menor puntuación a delatar mi silencio evidente: que estoy triste. Sobra decir que Iris sólo verá mi lectura connotativa y denotativa, aunque la elección del cuadro sea sumamente obvia por sí misma.
La noche es buena para dormir bajo el canto de los grillos, no quiero desvelos, no quiero contemplar las estrellas pues me remontan al pasado, no quiero alterarme antes de entregarme al sueño. Quiero tomar un atole, comer un pan, dormir y soñar, después levantarme y emocionarme por ver el amanecer desde la ventana de camión. Sólo quiero caminar hacia el Sol, quemar la tristeza y calentar mi friolento corazón. Los inviernos emocionales son muy duros cuando no cuento con cobijas ni comida caliente.
Al Sol, al Sol, voy caminando hacia el Sol, ¿qué hay en esos rayos y explosiones fascinantes? Fuego, ardiente y glorioso fuego que purifica con su ardor y deslumbra con su esplendor. Iré a dormir para verlo mañana por lo menos dos segundos y luego quitar la vista y dirigirla al reflejo de sus rayos.

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