domingo, 15 de junio de 2014

El kiwi chilloncito. Parte I

La cocina no era lo suyo, pero los sandwiches le quedaban muy bien; lo que más le gustaba era experimentar con la comida; una vez quiso hacer una sopa sin freír la pasta y le fue mal... A su estómago. Era un pajarillo muy torpe, casi siempre se equivocaba, pero se divertía en sus intentos, pero como las plumas de las aves mudan, su sonrisa también lo hizo... Se fue y no regresó otra, por el contrario, sólo vinieron pequeñas inundaciones en sus ojitos color negro.

No podía volar, las aves de su clase no lo hacían, pues no estaban hechos para tales viajes, eso sí, tenía una patas poderosas y podía correr a velocidades increíbles. Y haciendo uso de esta gran facultad, decidió correr por el bosque sólo para probar que tan veloz era. Llegó muy lejos, tanto que ya casi no recordaba el camino de regreso, se sintió triste y desubicado, no supo qué hacer así que se quedó sentado. Permaneció allí durante horas viendo los árboles agitarse por la tenue fuerza del viento, se veía un tanto ingenuo viendo lo mismo, pero él parecía encontrarle algo nuevo a los árboles en cada movimiento.

Detrás de él, una hiena lo observaba, y definitivamente algo extraño sucedía, pues no era normal ver una hiena y un kiwi en el mismo hábitat. El pajarillo sintió la mirada y volteó rápidamente y con la misma velocidad la hiena salió de su escondite y se lazó hacia el ave, la cual asustada en un pésimo intento agitó sus alas y luego corrió al ver que era imposible volar. Al llegar al suelo, la hiena se echó a reír, esa risa escandalosa, era escalofriante para el kiwi.

La hiena seguía riendo y el kiwi, no pudo contenerse más y empezó a llorar, podía defenderse picoteando al mamífero o pudo haber salido corriendo a gran velocidad, pero sólo se movió unos metros y después se quedó paralizado. La hiena repentinamente se cayó, pero el pajarillo seguía chillando, y la otra sintiéndose culpable, se acercó y con un abrazo calmó al pequeño emplumado. 

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