lunes, 3 de noviembre de 2014

Los detectives del siglo XXI

Las calles vacías están,sólo las hojas rozan suavemente el suelo provocando lo más parecido a un suspiro. Y yo me pregunto, ¿dónde están todos? Las risas, los insultos, los besos, todo el bullicio se ha ido. Sólo escuchan autos y en ellos sonidos de teclas. En casa igual. En las bibliotecas, en la escuela, en los cines, en cualquier parte. Incluso cuando se está de visita se escuchan sólo teclas. Ni siquiera de piano, de acordeón o de trompeta. Son teclas de computadora. Hay espías, hay detectives en todos los rincones de la ciudad, e incluso en las zonas rurales se empiezan a familiarizar con esto.

Las conversaciones son palabras escritas y ya no esperas semanas una carta, sólo un par de segundos y estos son más eternos que los días. Las fotografías ya no llenan álbumes físicos, ya no las ven quienes te visitan o a quienes se las muestras. Las ve todo el mundo. Todos saben de ti, tú sabes de todos. Y aunque no quieras, eres público. Por más privacidad que desees, hay registro de hasta tu nacimiento. No hay preguntas, no hay misterios. Todos somos detectives.

¿Quieres saber acerca de la vida de alguien? Busca su nombre, su seudónimo, contactos en común, como sea, siempre encuentras tu objetivo. Hay silencio en las calles y miles de emociones ante una pantalla. Lloras, ríes, enfureces, entristeces ante una máquina. Así sea en una mínima parte, lo haces. Y tus gustos, tus fotos, tus estados, cada publicación tuya y en las que te etiquetan te describen perfectamente. No eres un misterio, ni siquiera para el gobierno, el cual sabe cada lugar que pisas.

Ve a un ciber, a un parque, sube a un autobús, ingresa a la biblioteca, todos vemos perfiles, espiamos, deseamos saber la vida del otro. Y lo que no preguntamos en la vida real es porque ya lo sabemos y lo averiguamos en la fuente más confiable: el perfil o perfiles de la persona misma. No sólo Facebook, cuya red social se ha expandido a lo largo y ancho del mundo. También hay otras redes. Todos caemos y nos enredamos en la misma red. No hay salida. Para saber del otro pez, sólo necesitamos navegar a lo largo de esta conexión para hallarlo.

La foto perfecta, la persona popular, el tipo interesante, el individuo solitario, todos esos peces, ¿son reales? Las escamas cambian de color todo el tiempo. Sólo necesitamos una máscara para el mundo, nos damos a conocer y nos parece bien que nos vean así. Al final, nosotros mismos nos delatamos ante las personas menos esperadas, porque es obvio que no cualquiera nota nuestra verdadera identidad.

Mientras tanto damos y recibimos información, espiamos bajando la guardia. Somos víctima de nuestros propios actos. No importa que hagas, no importa, realmente es en vano... Vivimos bajo una red sin conocer más océano que el que nos presentan y queremos ver.

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